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Conflictos con las familias

Desde el Centro Escolar Irabia nos presentan una actividad para trabajar los Conflictos con nuestras familias. 

Los Objetivos son:
– Descubrir los motivos de estos posibles conflictos.
– Estudiar la forma de superarlos.

Se presenta el caso-carta, objeto de estudio. Se trata de una carta escrita por un chico de segundo de BUP al profesor que fue su orientador en 3ºde ESO, 1º de BUP. Su profesor le pidió que le escribiese su experiencia de conflicto con sus padres, ya superada, de modo que pudiese servir para vosotros.

JAVIER Y SUS PADRES

Querido don Ángel:

Aún estoy sorprendido por su llamada de ayer, por dos cosas, porque se acordase de mi cumpleaños, y por su encargo, que espero cumplir con esta carta, en la que le cuento lo que usted ya sabe muy bien. Si de verdad le sirve a algún otro, me alegraría mucho, se ahorrará pasarlo mal. Tal y como me aconsejó, me he hecho un guión para no olvidarme e ir en orden.

Soy el mayor de nueve hermanos. Hasta 3º de ESO todo transcurrió con normalidad. Nunca he estudiado mucho, pero sí lo suficiente para no tener suspensos. Lo que de verdad me ha gustado es el fútbol. Y ya sabe que le pego bien, aunque a los del Barça, como usted, les cueste admitir que los del Madrid somos mejores.

Al comenzar 1º de BUP empecé a lo de siempre: salir más, fumar más, y eso supuso cambiar de amigos, me apunté a la panda de los “rompecorazones” y nos dedicamos a salir con las niñas del Club de Tenis y a bailar y a llegar tarde a casa. Aquí empezaron las primeras “broncas” con mi padre, por llegar tarde y por fumar, y empecé a estar castigado sin salir y sin paga. Menos mal que mamá me daba algo bajo mano, que si no… Y también empezaron mis enamoramientos. ¿Se acuerda aún de los nombres?, Magda, Sonia, Esperanza… Ahora me doy cuenta de lo que influyó Esperanza en mis peleas con mi padre. Sufría mucho con el divorcio de sus padres, y culpaba a su padre de todo. Yo quería libertad, era -me sentía- mayor, y mi padre me trataba como a mis hermanos pequeños. Llegue a estar convencido de que no me quería. Empezamos a dejar de hablarnos.

En segundo la cosa fue peor. Había aprobado en septiembre las dos que me quedaron y el verano en Castilla me sentó bien. Además, me hinché de jugar al fútbol. Pero nada más volver, otra vez igual: a salir, a poner cara de póker cuando me echaban la bronca y a no estudiar nada. Íbamos a enfrentamiento casi diario. Hasta que, después de uno de los cumpleaños que celebrábamos con litros y litros de cerveza, me llevaron a casa “ciego” del todo. Aún me acuerdo de la solemne conversación con mi padre en su despacho: que si el ejemplo a los pequeños, que si mi estudio, que si les estaba destrozando la vida. En fin, que sin salir hasta junio. Cuando en el colegio les contaba esto a mis amigos, me decían que mi padre era muy duro, que si se había pasado; comentábamos todos lo mismo, que no nos comprendían, pero el castigado era yo, solamente yo.

Ese mismo día decidí marcharme de casa. Cogí 300 € del armario de mis padres y me fui. Ya había quedado con Paco en que él me dejaría un saco de dormir y podía pasar la noche en el ático de su casa. Ahora me hace gracia acordarme de la cara que traía Paco cuando me dijo que le había visto a usted buscándome y que le había dicho que se fiaba de él, que él nunca escondería a nadie en el ático de su casa. Aún no sé cómo se enteró. Algún día me lo tiene que decir. Menos mal que ese día me dejó dormir en su casa, si veo a mi padre, me muero de vergüenza. Luego, ese mes sin hablar con nadie en casa, todos me miraban y nadie decía nada. Y la patada a la puerta de cristal diciendo que no me quería nadie. Nunca podré olvidar que encontré a mis padres llorando cuando volví esa tarde a casa. Me metí en la cama porque no me atrevía a pedir perdón. Por supuesto suspendí en junio y en septiembre y tuve que repetir curso. Mis amigos aprobaron todos.

Cuando comencé 2ºde BUP-bis, a finales de septiembre, ocurrió algo inesperado. Papá tuvo que volver, es decir, le tuvieron que traer del sitio donde estaba haciendo una convivencia, con unas hemorragias que no conseguían cortar. Me di cuenta de que le quería y de que había querido siempre. De que estaba haciendo el tonto ya me había dado cuenta antes y con mi orientador y el cura del colegio -que siempre me ayudaron- lo había hablado bastantes veces, de hecho estaba estudiando y me portaba mejor, pero pedir perdón, eso… era otra cosa. El orgullo no me dejaba, por eso mismo le huía a usted -seguro que se dio cuenta-, porque no tenía valor para enfrentarme de verdad con la realidad.

Lo demás ya lo sabe bien, ¡qué alegría!. Hoy por hoy, ha sido el día más feliz de mi vida. Confesado y comulgado, y con un empujón… No sé si acordará de eso, yo perfectamente. Me dijo que si antes de comer no había pedido perdón, no volviese a mirarle a la cara. ¿Se acuerda de cómo lo ensayamos a la puerta de mi casa? Con mi padre fue igual, sólo que su abrazo fue más fuerte y que yo temblaba más. Dejamos la comida hecha en casa y nos fuimos a un restaurante a comer a la carta, por supuesto, usted se apuntó -como siempre-. ¿Tiene la misma cara dura allí? Seguro.

Notable de media en segundo y este año espero que también. De cuando en cuando seguimos peleando mi padre y yo, pero ya es distinto, es como por costumbre. Cuando se me pasa el enfado, le pido perdón y alguna vez, me ha dado la razón a mí. Por cierto, que hay que aprovecharlo todo, si le escribe a mis padres, a ver si me echa una mano: no hay derecho a que a mis 18 años tenga una paga de mil pesetas cada fin de semana. Ahora salgo con una chica muy maja -en buen plan, ¿eh?- y me hace falta algo más.

Me he enrollado mucho, espero que sea esto lo que me pidió. Me debe una carta. Saludos de mis padres y de todos los demás. Un abrazo fuerte de su amigo,

Javier

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